Siempre supe que quería pintar

enero 9, 2018

Con un estilo experimental, matérico y abstracto, la artista guatemalteca, Anaí Martínez-Mont, busca a través de su obra simplificar la realidad en la que vivimos.

Cuando se acercaba su cumpleaños o la Navidad, la artista siempre pedía de regalo instrumentos para pintar. A los 13 realizó su primer mural nada más y nada menos que en su habitación. Sin permiso de sus papás y con muy pocos colores, pues tomó las sobras de pinturas que se habían usado para pintar la sala de su casa, se dejó llevar por la emoción que el arte le daba. “No dormí durante toda la noche, me abstraje por completo y no me importó nada más… Hice muchas líneas con cierto movimiento que parecían un montón de veleros en el agua y me di cuenta de que esto era lo que quería hacer el resto de mi vida”, recuerda Anaí.

Al finalizar el colegio, Anaí no sabía qué estudiar en la universidad, de lo único que estaba segura era de que quería pintar. “Al graduarme mi papá me dijo que me tomara un año para pensar qué hacer porque no valía la pena meterme a una carrera de la que luego iba salirme”, explica. Ese año, entonces, tomó clases con artistas de la plástica guatemalteca como Marion De Suremain, Erwin Guillermo y Danny Schafer, entre otros, y así empezó su formación técnica porque venía de ser autodidacta y de dejarse llevar por su instinto.

“Por muchos años me dijeron que los artistas mueren de hambre, que es un mundo muy difícil…. pero yo nunca tuve dudas”, comenta, mientras asegura que su padre, sin ser artista y sin tener conocimiento al respecto, jugó un papel muy importante en su carrera porque la guió a enfocarse en el arte como una profesión de la que debía poder vivir. “Me dio la certeza de que si lo hacía bien iba lograr estabilidad.

Podría decir que mi proceso artístico se ha basado en confiar, trabajar duro, investigar, informarme y practicar todo el tiempo”, agrega.

La artista asegura que casi el cien por ciento de su obra tiene un trasfondo emocional, pues lo que hace son abstracciones de la naturaleza que la rodea y de sus propios sentimientos. “Gráficamente son abstracciones de la belleza del planeta porque estoy completamente enamorada de mi tierra. Los lugares, los colores, los climas y el ecosistema me transmiten sentimientos y de esa manera mezclo el factor naturaleza con lo espiritual y emocional”, explica. Asimismo, dice que le encantan las texturas y lo terroso y que generalmente trabaja con textura porque le da fuerza y expresionismo a la obra. Lo mismo sucede con cada exposición individual que ha realizado, siempre les inyecta mucha carga emocional y el factor vivencial para lograr transmitir mensajes honestos.

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EN EL EXTRANJERO, ANAÍ HA PARTICIPADO EN EXPOSICIONES COLECTIVAS CON FUNDACIÓN ROZAS BOTRÁN, Y EN LA COLECCIÓN DE ARTE DE LA MARCA BENETTON PARA EL CATÁLOGO DE IMAGO MUNDI, ENTRE OTROS.

“Hay tres exposiciones específicamente que han sido las más significativas y las que más he disfrutado”, comenta. La primera fue De cielo y de papel en 2006, que fue el resultado de un experimento: La artista envió un correo a familiares, amigos y conocidos, en el que les pidió que escribieran un texto describiéndose a sí mismos como barriletes y de las casi 300 personas a las que les escribió, le respondieron 24.

“Nadie sabía para qué quería esos párrafos y los resultados fueron realmente hermosos. Yo me comprometí conmigo misma a hacer una obra por cada persona que me contestara, si me hubieran escrito 100 hubiera hecho las 100”. Anaí asegura que el resultado fue espectacular por la variedad de textos que obtuvo.

Luego, la exposición Los atrapasueños en 2013 vino justo después de la muerte de su padre. “Él fue una figura importantísima en mi vida, después de su partida empecé a soñarlo, le preguntaba cosas y me las contestaba, sentía una comunicación tan real que estoy segura de que no era producto de mi imaginación”, explica la artista, quien decidió hacer una serie de atrapasueños porque sentía la necesidad de crear un vínculo entre el mundo espiritual y el físico, y porque según la leyenda, los atrapasueños se cuelgan encima de las cunas de los bebés para que solo pasen las cosas lindas y que las pesadillas se queden atrapadas. A través de esta serie, la artista creó obras simbólicas de la experiencia de la muerte pero también de lo bonito de la vida. “Fue muy emocional”, asegura.

LA ARTISTA HA EXPUESTO EN GALERÍA EL AT TICO, GALERÍA EL TÚNEL, ROZAS BOTRÁN, JUNKABAL, MOMENTOS, MERAKI, AVIA, MARGARITA TEJADA Y JUANNIO, ENTRE OTROS.

La última fue Algodón de azúcar en 2016, que según sus palabras fue un homenaje al niño o niña interior que nos mantiene creativos, alegres y soñadores. “Esta exposición fue una manera de dejar una etapa de mi vida atrás y empezar una nueva con madurez en mi técnica, en mi comunicación y en mi formación como artista sin dejar de aprender y buscar”, comenta.

Durante varios años la artista intentó entrar a Juannio, en algunas ocasiones no escogían su obra y en otras pasaba a primera curaduría pero allí se quedaba, hasta que en 2013, cuando decidió divertirse y hacer algo que a ella le gustara, y aún así meterlo a Juannio, entró.

“Ese año escogieron mi obra, yo no sabía nada, me enteré de que tenía mención hasta el día de la premiación, fue una gran sorpresa para mí”, recuerda Anaí. La artista asegura que siempre supo que quería pintar y que más allá de ser un pasatiempo es un estilo de vida.

“Yo no pinto para vender, yo vendo para pintar. Mientras yo pueda vender mi obra voy a seguir pintando… esto es mi pasión”, concluye.

ANAÍ HA MOSTRADO SU TRABAJO EN SEIS EXPOSICIONES INDIVIDUALES Y HA PARTICIPADO EN VEINTE MUESTRAS COLECTIVAS.

 

Por María Fernanda Roca

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