Art nouveau sobre arquitectura vieja

enero 25, 2018

Dentro del marco de 1001 noches, que desde octubre pasado se celebra en el edificio del antiguo Banco de Exportación, los jóvenes artistas Ana Werren, Margo Porres y Gabriel Rodríguez intervinieron el frío, desierto y oscuro túnel por donde pasaba el dinero hacia el autobanco con una obra sutil, clara y llena de vida.

Como un primer ensayo de un ejercicio que queremos llevar a cabo al menos una vez al mes, nos reunimos a almorzar los jóvenes artistas de Intervención 1, el arquitecto Antonio Prado Cobos y yo con la idea de conversar en torno a la muestra que vistió en noviembre pasado los pasajes subterráneos del que en su día fue la sede central del Banex. Lógicamente iniciamos la charla con la mirada puesta en Prado, autor del singular diseño del proyecto, inaugurado en 1983. “Ellos lo sacaron a concurso y Max Holzheu lo administró”, explica el arquitecto, quien había presentado una propuesta acorde a la torre de 7 niveles de oficinas que los propietarios del inmueble querían construir. “Entonces les propuse cambiar el terreno de dos mil varas por uno de manzana y media sobre la Avenida Reforma, y acostar el edificio para construir en 8 ó 9 meseslo que hubiera llevado dos años y medio y reducir el presupuesto original de 13 millones de dólares a 3”, agrega, mientras describe el edificio como una obra que intentaba ser minimalista de líneas horizontales muy simples en la que el concreto expuesto se lleva todo el protagonismo por dentro y por fuera. “La obra causó polémica, hubo quien dijo que parecía búnker, mi inspiración fue la Embajada de Estados Unidos… estábamos en medio de un conflicto armado”. Según Prado, el edificio no fue bien recibido por todos en su momento, algo que al menos yo no sabía. Con una ubicación envidiable, cuando años más tarde el banco cerró su operación, el edificio se vendió a una empresa privada, y ahora está a la espera de ser demolido para dar lugar a otra edificación. Es más, 1001 noches surgió como una idea para no tener el inmueble abandonado y la idea original incluía únicamente un mercado gastronómico abierto al público durante casi tres años. En el camino, con la apertura de un nuevo concurso, un grupo de arquitectos agregó el elemento cultural a la propuesta. “Nos invitaron a formar parte del proyecto a través de una asesoría para montar un estudio fotográfico y cuando nos dieron el recorrido por el lugar nos enamoramos del túnel… “, recuerda la fotógrafa Ana Werren. Ella y Margo Porres pidieron de inmediato que les reservaran el espacio para una exposición y su pusieron a trabajar.

“Nos pareció un espacio único, uno que nunca nadie ve y que a pesar de los cambios que venían para el inmueble iba a mantenerse intacto, era como tener acceso a algo privado y por eso tan atado al trabajo que llevamos a cabo”, dice Porres. Por eso quedaba como anillo al dedo a la obra fotográfica que las artistas desarrollan en colaboración desde que se conocieron hace poco más de un año en un taller impartido por Renato Osoy. Platicando no sólo se dieron cuenta de que tenían historias similares, sino de que amabas gustaban de explorar el autorretrato y sus cuerpos.

“Decidimos asociarnos y trabajar en proyectos comerciales como catálogos, retratos familiares, bodas y demás para poder dedicarnos a lo que más nos gusta”, continúa Werren, quien tiene un diplomado de la Fototeca (2012) y ha participado en diferentes colectivas dentro y fuera del país. Las artistas se hicieron los autorretratos a mediados del año pasado y en muy pocos días, pensando en que los espacios se mantuvieran lo más intactos posible antes de la apertura del lugar, que fue en octubre. “Con todo lo que estaba pasando, todo cambiaba cada semana. Cuando Anne-Sophie Gauvin recibió el espacio tuvo mucho que limpiar y restaurar, hasta el concreto tenía aplicaciones de pintura”, explica Werren. Les pregunto entonces si conceptualizaron una sesión fotográfica en particular o si las fotos fueron saliendo espontáneas. Porres dice que han encontrado una manera de trabajar en la cual cada una tira sus ideas y de ahí surgen las cosas. “Después de ver lo que salió, fuimos depurando y nos quedamos con diez imágenes finales en las que los cuerpos son tan protagonistas como el espacio”, complementa, asegurando que el objetivo era mimetizar sus figuras con la estructura del túnel, o más bien crear nuevas formas con ambos. Las artistas decidieron imprimir las imágenes en opalina para que, aún estando en un rincón húmedo y poco habitable del edificio, el lógico deterioro del papel se volviera parte de la obra.

LAS ARTISTAS TRABAJARON LA MUESTRA CON LUZ NATURAL, UN RETO PORQUE AFUERA ESTABA LLOVIENDO, EL EDIFICIO ESTABA EN OBRAS Y EL SET ERA UN TÚNEL.

“Me encantó la propuesta porque eligieron la parte más sucia, dura y castigada del edificio”, interviene Prado, a lo que Porres señala que precisamente esa era la idea, darle el lado humano al pasaje subterráneo con la textura de la piel, jugando con contrastes y sensibilidades.

Una vez el montaje de la exposición estuvo más cerca, las fotógrafas invitaron a un tercer artista a participar de la Intervención 1. “En realidad llegué a través de ellas al proyecto. Me involucré para organizar mejor la escena cultural, así que armamos un board de curadores para elegir mejor lo que se presentaría en música, arquitectura, arte… como Alex Hentze para música, Pep Balcárcel para literatura o Regina Bonifasi para arte, entre otros”, explica Gabriel Rodríguez, quien asegura que no puede definir en concreto su trabajo artístico, aunque es más conceptual que otra cosadibujo, performances, textos… Rodríguez estudió arquitectura en la Universidad Rafael Landívar y después de graduarse trabajó durante 5 años con Alejandro Paz, en su opinión un arquitecto que sabe darle el lugar al arte. “Elegí una pieza de audio para la exposición, no era una grabación sino un programa de radio. Como el recorrido del túnel es en forma de L, haciendo alusión al libro de Stephen Hawking Breve historia del tiempo, con la pieza se demostraba que el sonido sirve para medir distancias, mientras más lejos más agudo, y mientras más cerca, más grave”, explica el artista, quien puso dos aparatos en la misma estación pero a diferente distancia, una en cada extremo del túnel; así, una se oía en tiempo real y la otra en diferido, como con eco. “Estaban pasando la vuelta ciclística en el momento de la inauguración, además la gente no sabía que era parte de la misma y se veía algo confusa… Uno siente que el espacio lo oprime, pero con el ruido más. Para mi el arte no siempre tiene que seducir, a veces puede molestar”, enfatiza.

Aunque encuentro válida su propuesta, antes de dar por concluida la charla pregunto a los artistas si los desnudos son necesarios, o al menos no negociables. “Me interesa ir descubriendo quién soy, es una manera de quitarse miedos, de reconocerse”, dice Werren, mientras Porres asegura que, a pesar de que ella siempre ha hecho autorretrato, se había quedado en una zona segura y retratar su propio cuerpo la ha llevado a otro nivel en su trabajo artístico. “Hacerlo con Ana es fácil. Quizá al principio nos daba pena pero siempre el resultado es más importante que cualquier cosa, y eso que en la vida real ninguna de las dos es exhibicionista”, continúa la artista, quien también tiene un diplomado de la Fototeca, y luego entre risas ambas recuerdan que había muchos trabajadores el día de la sesión y que con tanto polvo en el lugar, terminaron muy sucias. “A mi me seducen porque me siento parte del espacio.

El diseño del edificio se dibujó a mano, no habían computadoras en ese entonces. Ellas diseñaron una relación entre sus cuerpos y el espacio realmente impecable, ellas rompen con la estructura”, expresa por su parte el arquitecto Prado, quien en su momento luchó por mantener el espíritu urbano de la ciudad de los años ochenta, lo cual incluía, por ejemplo, respetar la presencia de los cipreses de 200 años que había en el terreno.

Según el arquitecto, su obra fue una especie de homenaje a su papá, Martín Prado Vélez, quien estaba muriendo. “El edificio se une por medio de puentes, dos puentes con una plaza interna en medio, por eso considero coautor del proyecto a Héctor Monzón Despeng”, concluye. “Queríamos intervenir el espacio con nuestros cuerpos, las fotos no cuentan una historia, no tienen una secuencia.

El conjunto se llama Intervención 1 porque queríamos apropiarnos del túnel e iniciar una relación con él, volver a intervenirlo pronto”, dice Werren. “Además, tenemos planes de entrar en conversaciones a través de nuestro trabajo”, finaliza por su parte Porres.

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Copyright: Ana Werren y Margo Porres
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1001 noches

Según Anne-Sophie Gauvin, directora del proyecto temporal, 1001 Noches busca aprovechar al máximo la arquitectura y recursos existentes en el edificio, sin realizar cambios importantes en él, para acoger propuestas y proyectos alternativos que den vida al edificio a través de movimientos, ideas, creaciones, relatos y sabores. Al final 1001 Noches quiere dejar como legado una colección de experiencias creativas que apoyen a la comunidad artística de Guatemala.

 

Por Ana Isabel Villela

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