Una casa para quedarse

febrero 19, 2018

La renovación de este dúplex, ubicado en el último piso de uno de los edificios residenciales más antiguos de zona 14, ha logrado dar luminosidad, amplitud y simetría a un espacio desactualizado y oscuro. Las claves del giro están en nuevas ventanas y tragaluces, una paleta general en blancos y beiges y una sobredosis de arte en todas sus expresiones.

Pocas veces tengo la suerte de ver la remodelación de una casa que ya conocía, así que el impacto al entrar al apartamento de la interiorista/coleccionista/diseñadora de pisos y lámparas (o todóloga, como ella dice) franco guatemalteca, Juliette Béjot fue indescriptible. “Al ser uno de los primeros edificios del área, sus espacios originales se diseñaron hace unos 30 años… era muy oscuro, entre otras cosas, porque hasta el techo estaba forrado de madera y el piso era de baldosas de barro. Y luego estaba el problema de las vistas, el vecindario se ha llenado de torres”, dice Béjot, una viajera incansable que encuentra su equilibrio en ese desequilibrio de estar un día aquí y otro allá.

“Cerramos una de las ventanas más amplias del primer nivel para no ver el edificio de a la par, que está encima, y abrimos otras en áreas en donde, al menos por el momento, la vista está despejada, además introdujimos un buen número de tragaluces”, continúa, mientras conecta un espectacular cubo que da vueltas y cambia de color del artista austríaco Alois Kronschlaeger para que disfrutemos del espectáculo. A la par hay una obra de grandes dimensiones de Diana de Solares, y más adelante, una pintura pequeña del emblemático Zipacná de León.

Pero antes de sentarnos a platicar, Béjot nos da un recorrido muy especial por el apartamento, pues no solo ha puesto flores a lo largo y ancho del espacio, sino que nos recibe con las mesas del comedor y la terraza puestas (nos encantaron las servilletas inglesas antiguas de la mesa principal en tonos verdes).

“Intenté nivelar el piso del área social pero fue imposible, así que una de las salas quedó sobre la altura de más o menos una grada”, continúa la interiorista, quien contó con la asesoría y ejecución de la firma Icónico 4 Arquitectura para la remodelación, que, entre otras cosas, se propuso reducir al máximo posible el grosor de las columnas estructurales. Otro detalle de cambio importante fue el piso, un alisado de concreto de Cement Design en tono blanco, muy acorde a la paleta de colores que Béjot eligió desde el inicio, que tiene una especie de malla en su raíz para que no se raje a la hora de un temblor. “Lo elegí para no distraer, y aunque es delicado y necesita mantenimiento, estoy contenta con el resultado final porque es el añadido perfecto para el ambiente luminoso y sereno que quería conseguir.

De ahí que el blanco hueso o blanco roto, no sé cómo le dicen aquí, es un básico del interiorismo”, continúa respecto al espacio solo interrumpido por detalles decorativos en otras tonalidades, aunque en su mayoría en colores tierra, que Bejót ha ido adquiriendo en sus viajes por el mundo (cerámica de Marruecos) o durante sus minuciosos recorridos por locales de anticuarios franceses en donde, solo por dar un ejemplo, ha encontrado grabados de Río Dulce que datan del siglo XIX.

Le pregunto entonces por el estilo de mobiliario que hay en la casa, muy francés en mi opinión. “Si, es el que tengo desde hace muchísimo tiempo. Aunque vivo entre Guatemala y España, mi base está aquí, mis hijos van aquí al colegio… Considero que se puede describir como una mezcla de muebles vintage con presencia fuerte de piezas escandinavas, pues me gusta mucho su diseño sobrio y de líneas rectas”, explica, aunque a la vez vemos a lo largo de la residencia singulares antigüedades de origen galo, como el taburete de pesca que está frente a la chimenea, o las sillas de exterior de una de las cuatro encantadoras terrazas que hay en la casa, incluyendo la que alberga especias de cocina. Béjot dice que disfruta mucho mezclando, así ha logrado situar en el mismo ambiente una alfombra tejida en cuero y paja por una tribu nómada de Mauritania, unas lámparas japonesas y cojines de ixcaco guatemalteco o algodón natural. “La verdad es que si algo me gusta lo compro y después me pongo a buscarle lugar”, agrega. En el ambiente hay un buen número de piezas de estilo Mid Century (años 50 del siglo pasado), en cuenta una silla Eames y un escritorio diseñado por el legendario danés Arne Vodder.

Hija de padre franco guatemalteco, Béjot creció en París, viajó por Asia en su juventud, luego vino a Guatemala y se quedó tres años. Después se fue a vivir a Puerto Vallarta, en donde abrió una tienda de decoración, y más adelante, ya con familia, regresó al país. “Aquí, por paradójico que suene, me siento muy libre, siento que si quiero hacer algo, puedo hacerlo… Hay gente creativa, excelentes artesanos, tanto que me gustaría organizar un concurso para reconocer el trabajo de los mejores.

Lo que les falta es exposición a otras culturas, así como a las últimas tecnologías”, expresa la interiorista, y luego riendo asegura que se siente muy integrada y que hasta le agrada su reputación de francesa exótica porque le da aún más libertad de hacer lo que quiere. “Eso si, siempre que puedo me escapo, me encanta la aventura”.

Con la remodelación del apartamento, Béjot descubrió que lo suyo también era diseñar pisos, pues no encontró en el mercado lo que estaba buscando. “La técnica para fabricar lo que aquí se conoce como piso de cemento líquido surgió en Francia, en Avignon, alrededor de 1850, y hasta hoy, los artesanos siguen utilizando ese mismo proceso. Encima son la tendencia más actual, la gente en Europa muere por ellos”, dice una entusiasmada Béjot mientras me muestra fotos de sus diseños más recientes, en cuenta un proyecto que trabajó en conjunto con Eric Ledoigt.

Según ella, los azulejos son ideales para casas de playa y pueden usarse hasta en cabeceras de cama o mesas, solo por dar un par de ejemplos. “Mis azulejos están en la recién inaugurada sede de la Panadería Le Fournil en Cayalá, un proyecto que trabajó Melanie Gatimel”, agrega, enseñándome los diseños, en distintos colores y patrones, que ha creado  hasta ahora, como los de los baños de sus hijos y el de visitas. Antes de despedirnos nos detenemos para contemplar el arte que Béjot ha dispuesto en su casa y que acompaña al visitante desde que se abre la puerta- nos recibe un tríptico de Sandra Monterroso. Cada pieza es especial, ninguna pasa desapercibida. Solo por mencionar algunos, de Darío Escobar están las pelotas de fútbol en la net que cuelga del techo y dos marcos con chayes a un costado detrás de la sala principal, en donde a la vez destacan dos pinturas de Abularach. La obra a ambos lados de la chimenea es de Alberto Guzmán; y los cuadros con las palabras Kaxlan y Kaqchikel son de Marylin Borror. “El arte es parte indispensable del ambiente, el cual considero como minimalista pero acogedor, a mi me agobia tener muchas cosas. Creo que a la hora de decorar un espacio, más que seguir la moda, lo importante es hacerse de un refugio en el cual uno se siente acogido. Como tip diría que también es vital tener varios centros de interés dentro de un ambiente”, concluye la interiorista, quien además decorar y remodelar, brinda asesoría en temas más específicos del diseño interior.

EL EQUIPO

Icónico 4 Arquitectura
Arquitecto Luis Pedro González

Paisajista Olivier Voisin Terres de Vie (Facebook terredevie.antigua)

A Juliette Béjot se le puede contactar a través del correo jbejot@mac.com

 

Por Ana Isabel Villela
Fotografía María Fernanda Roca

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